La vida reside en cada instante, si has aprendido a estar en él y no con la mente enajenada en el pasado, en el futuro o, quizás en ambos. Porque, cuando nos enajenamos del presente, dejamos de jugar, sí, qué palabra tan bonita, jugar. Y, cuando lo hacemos, es cuando, verdaderamente, comenzamos a envejecer. Sabes por qué?… porque implica el abandono de otra hermosa palabra, la ilusión, la ilusión del niño que siempre llevaremos dentro pero que, sin embargo, tal vez por las obligaciones adultas que nos hemos creado, tal vez por los sufrimientos cotidianos, tal vez por las expectativas sociales que hemos interiorizado y nos hemos autoimpuesto, decidimos dejar de lado. Pensemos bien en ello, jugar es agradecer sensaciones, es recrearse en ellas, es moverse y es tomar acción en aquellas actividades que más nos gustan y nos llenan de una conexión vital sincrónica con el bienestar de manera inmediata. Acuérdate, cuando éramos niños estábamos inmersos entre sensaciones y movimiento; no había expectativas sociales que valieran para nosotros. Había experiencia a cada instante. Nuestras mentes solo podían estar en el presente. Por qué entonces dejamos de jugar? Cuándo llegó ese momento?.. La vida nos aporta un aprendizaje en cada milésima de segundo que pasa, en el que hay momentos para abarcar todas las emociones pero, si decidimos centramos en las negativas y en el sufrimiento que provocan, acomodándonos en ellos, dejaremos de ver que, entre todo ello, hay aspectos preciosos que agradecer. No obstante, solo podremos verlos si somos capaces de mirarlos con los ojos del niño que vive dentro de nosotros, si no dejamos que el hecho de formar parte de la sociedad y que el vivir o haber vivido sufrimiento, apaguen su ilusión. Tú tienes el interruptor, qué decides entonces, lo apagas o lo enciendes?..
Atentamente,
Mónica de Brito


